¿AMANTE O AMADO?

¿AMANTE O AMADO?

Quién es el amor de tu vida?

El amor de mi vida no es quien ya no está, tampoco quien está, es…el que sigue y el que le continúe. “

Edith Gutiérrez Alvarez


Enamorarse es un sentimiento que somete a dos que entablan una lucha de poder; uno es el amado, el otro, es el amante; el amante es el proveedor que satisface y se vuelca por cumplir los deseos de su amado, el amado se arropa de la manta de terciopelo suave con que lo envuelve su amante; pero, un día, el amante se agota; sus vestimentas sentimentales ya no le anuncian como en otro tiempo, los sonidos de la primavera.

El amante quebranta sus pronunciamientos de amor cuando el color de la voz del otro se tiñe de gris, cuando las acciones se tornan mecánicas, cuando el personaje que lo acompaña no lo envuelve en su  historia; cuando la mirada amorosa no lo atraviesa y cuando su pensamiento se traslada constantemente a un panorama no ocupado por el amado.

El antes amado, muestra un rictus de desamparo, se ha marchado el hacedor de las pinceladas coloridas; el que hacía un llamado a una conversación circular que nunca encontró eco, el que sólo localizó huellas propias de su intervención como amante.

El amado se espejea; hace un minucioso recuento de los paisajes de su historia y descubre que las ideas omnipresentes sobre su papel inerte de amado lo envolvieron; su lenguaje no constituyó ninguna red de intercambios amorosos; no escuchó, no reconoció las expectativas del otro; no quiso imaginar una arquitectónica que sustituyera los roles de amante a amado y de amado a amante. El amado hace alusión a la frase: ¿por qué me dejaste de amar mi querido amante? en lugar de: ¿qué dejé de hacer por tí mi querido amante para que dejara de ser tu amado?

En ese juego de poder, ambos se espejean perdedores; el amante, por no ser correspondido por el amado, y el amado por perder el poder sobre el amante. En ese sentido, la relación amorosa encierra en sí, un artificio de poder que duele, que penetra, que deja huella, que envuelve quizá en distinto nivel de sufrimiento a sus participantes cuando ambos presienten que ya no son parte de la dimensión vital del otro. En ese sentido, el amor sumerge a la sinrazón, a la indeterminación, a la incertidumbre, porque el amante y el amado reconocen el goce de sus primeros encuentros, pero, no el trayecto de su devenir.

En relación con lo expuesto, la relación amorosa tendría que exigir un banquete simplemente humano, que no reconozca perdedores, ni ganadores, ni sólo amantes ni sólo amados, a fin de dar paso a dos amantes que seducidos por las envolturas matinales y nocturnas borren de su lenguaje los términos de propiedad o pertenencia de uno y otro.

Los tejidos convencionalistas sobre el amor, han postrado a los desamorados en una cultura del dolor que los inhabilita para desgarrar de sus vestiduras mentales frases tan desgastadas como: ¡solamente una vez amé en al vida! o¡ sólo tú, has sido el amor de mi vida!

Apuntar a las frases citadas conlleva a la cristalización de las pasarelas amorosas; los amantes tienen que hacer resonar sus alas y envolverse en nuevas odiseas; recomponiendo y otorgando matices distintos a los nuevos retazos de historia construida con los otros, los que siguen en esa interminable cadena del amor.

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About the Author

Doctora en Pedagogía, dedicada a la Investigación y a la docencia. Catedrática en la Escuela Normal Superior de México. Ha publicado innumerables artículos en temas relacionados a Equidad y Género y Educación.