Cuando escucho y leo sobre la crisis económica que aqueja al mundo, me viene a la cabeza la imagen de un monstruo de material no identificado, llevándose toneles de objetos valiosos -producto del trabajo de miles de millones de humanitos indefensos- a no sé dónde. Alucino cuando oigo sobre “la mano invisible del mercado”. No soy economista ni especialista en finanzas, pero sí sé que el sistema capitalista no es un monstruo (aunque su analogía sería la de Frankenstein), sino conjunto de ideas organizadas por un grupo de personas.
El caso es que, según los especialistas, el sistema está en crisis y es necesario aplicar medidas de austeridad para evitar el colapso (además de incrementar impuestos, obvio). ¿Colapso de qué? A nosotros nos restaría aguantar, apretarnos el cinturón y sujetarnos –pasivamente- a las decisiones que toman otros sobre nuestra vida. Así es el sistema capitalista, “el único posible” dicen algunos.
Sin embargo, colectivos de distintas partes del orbe, especialmente de América Latina han decidido saltarse las reglas del sistema y poner las primeras piedras en la construcción de otro más justo y digno.
La lógica es muy simple… se trata de dejar de ser consumidores para convertirnos en productores. ¿De qué? De nuestra propia fuerza de trabajo, de lo que sabemos hacer, de lo que nos gusta hacer. ¿A cambio de qué? De las potencialidades del otro, de mi semejante.
Cuando el Estado decidió interpretar a su conveniencia los Acuerdos de San Andrés, los zapatistas en Chiapas abandonaron la mesa de diálogo con “nuestros representantes” y decidieron llevarlos a cabo por ellos mismos; sin subsidios del Estado crearon colectivos para la siembra de hortalizas y verduras, para bordar y coser su vestido, fabrican velas y pan.
Los Sin Tierra de Brasil están comprometidos con los cultivos orgánicos. Los piqueteros de Argentina, en su mayoría obreros, recuperaron las fábricas abandonadas por sus dueños y administradores para crear nuevos vínculos de trabajo. Comparten, todos ellos, la idea de impulsar el comercio justo, el consumo solidario y consciente. Se están creando nuevas formas de comercializar sus productos que superan el trueque.
En los Caracoles zapatistas funcionan alrededor de 800 casas de salud, más de veinte clínicas municipales y dos hospitales donde se ofrecen servicios especializados; las Juntas de Buen Gobierno apoyan a los trabajadores de la salud con alimentación, transporte y vestido; como los y las promotoras de educación, ellos tampoco cobran salarios.
Los Piqueteros de Argentina, cada vez consumen menos medicamentos alópatas y más las medicinas tradicionales como la china y autóctonas. Además, en las fábricas recuperadas tienen “grupos de reflexión” en los que se escuchan todos; ellos consideran que la verticalidad enferma, y la comunidad cura.
Pero no hay que abandonar las ciudades e irse a la selva o a otro país para crear vínculos solidarios. En el municipio veracruzano de Espinal, un centenar de comerciantes se organizó (con apoyo de investigadores de la Universidad Veracruzana Intercultural, UVI) para activar el comercio interno a través del intercambio de unos vales llamados Tumin (dinero en totonaca). Es simple, sólo los comerciantes y prestadores de servicios que se adhirieron al proyecto, recibieron 500 Tumins que circulan entre sí y cada uno de ellos decide qué porcentaje de Tumin y pesos recibirá a partir del 10% del monto total a pagar. Por ejemplo, si el kilo de carne cuesta $80, el cliente podría pagar $60 más 20 Tumin; el carnicero podrá usar esos 20 Tumin para completar el costo de la consulta con el dentista quien, a su vez, utilizará los Tumin que recibe para comprar el material escolar de su hija.
. ¿Por qué? Porque su fuerza se basa en la acumulación del capital, en la regulación del flujo monetario. El Tumin no es una moneda, no sirve de nada acumularlo o depositarlo en un banco; tiene que circular al interior de la comunidad. La circulación tiene un efecto multiplicador; la acumulación multiplica la pobreza.
Soy una convencida de que otro mundo se está construyendo.

