La mujer como sujeto, ¿utopía o realidad?

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¿Para qué sirve la utopía?

Para eso sirve: para caminar.

-Eduardo Galeano-

Abordar la cuestión de la mujer como sujeto significa examinar, aunque sea brevemente…

La sociedad patriarcal, imperante desde épocas remotas, no solo creo unas condiciones de absoluta marginalidad a la mujer generando graves impedimentos para su participación, en términos de igualdad, en los procesos sociales y políticos, sino que desconoció sistemáticamente la presencia femenina y la importancia de su aporte a la supervivencia de la humanidad, a los procesos civilizatorios y a la cultura.

Los eternos e inamovibles principios esgrimados por la religión decretaron la inferioridad y la debilidad moral de la mujer, a partir de su responsabilidad y culpabilidad en el “pecado original”, según –ellos- por el cual, los hombres fueron privados del paraíso y condenados al trabajo material y al sufrimiento en la tierra.

Las doctrinas filosóficas de la gran mayoría de los filósofos griegos y occidentales, sustentaron dicha inferioridad partiendo de los prejuicios tradicionales de la sociedad basados en aspectos de la biología de la mujer: la menstruación, la maternidad, la menopausia, una complexión menuda, una menor fuerza física y la supuesta debilidad moral del género femenino y…párele de contar.

Todos estos aspectos se constituyeron en las razones de la incapacidad de la mujer para pensar con cabeza propia y en el fundamento para que fuera considerado como un accesorio secundario del hombre y naturalmente dependiente, cuya función fundamental era la de procrear los hijos. Por esta razón, la mujer fue marginada de la educación durante siglos, la que se tradujo en una ausencia de expresión de sus ideas, reflexiones y realizaciones.

Es evidente que gracias a este hecho, las mujeres no contemos, en el pasado, con una gran número de filosofas o de especialistas en otras ramas del conocimiento, y que las que existieron poco, -casi nada- conocemos de ellas, puesto que las mujeres garantizaban la manutención de la especie, el bienestar familiar, el afecto, la alimentación, el vestido, y un montón de etcéteras, ya que ellos estaban dedicados a las guerras, al sacerdocio, las ciencias entre muchas otras de su consideración.

La exclusión de las mujeres de la historia tiene su origen en la ideología patriarcal que consideraba lo público y lo privado como dos ámbitos, totalmente separados y opuestos, dentro de los roles sociales. Asi pues, en el ámbito privado fue sepultada la mujer, quien aislada e individualizada frente a su rol de madre, ama de casa y esposa perdió todo contacto con la realidad que se movía en su estrecho entorno, y toda posibilidad de acercarse a influir en ella. Sobre las actividades propias del ámbito privado se tendió un velo, que convirtió en despreciables y subestimados todas las tareas de la esfera de lo doméstico.

Por su parte, el hombre se ubicó dentro del ámbito público y accedió a los espacios del saber, del poseer y del poder. Sus pensamientos, sus acciones y sus sueños pasaron a las páginas de la historia y se convirtieron en patrimonio y orgullo de la humanidad. La mayoría de las mujeres, a través de siglos de opresión, solo pudieron acceder a los niveles más domésticos –y domesticables- de la vida social. Como ya sabemos, fueron segregadas de la participación en los procesos de toma de decisiones de la sociedad y la educación, la ciencia y el arte.

Si el desarrollo de las ciencias y del conocimiento se produjo sobre la base de las sociedades que disponían de una inmensa fuerza de trabajo esclavo y posteriormente servil, el bienestar familiar descansó sobre la base del trabajo doméstico de las mujeres que, en muchos casos, era servil y cuasi esclava.

Las mujeres de la clase dominante, generalmente se dedicaban a supervisar o a realizar las tareas repetitivas y monótonas, artesanales y poco creativas del ámbito doméstico, mientras que los hombres de su misma clase disfrutaban de la capacidad pública asimilando conocimientos, información sobre las probabilidades sociales, económicas y políticas de su entorno, tomando decisiones  en las esferas del poder, las conquistas de sus ideales, en los centros de estudios, en las sociedades secretas, en las logias masónicas, en los clubes masculinos, en las calles, en las tabernas, bares y cafés, etcétera.

En los sectores sociales subordinados se imponía, con mucha mayor dureza, la discriminación de género que se sumaba a la ya segregadora miseria económica y social.

Asi que de acuerdo a la ideología patriarcal las mujeres estaban irremediablemente atadas al destino de algún hombre, en su calidad de madres, esposas o hijas, como simples accesorios, de lo contrario, si intentaban cruzar el umbral de lo prohibido para acceder al espacio público, ejercitar acciones consideradas como ajenas a su sexo o pensar con cabeza propia, el castigo podría ser impredecible, de ahí el maltrato y violencia contra la mujer.

Antes de continuar quiero compartir con quien me lee lo siguiente:

Hace un par de años, recibí un correo electrónico que contenía un poema que me encantó. Tanto fue asi que decidí convertirlo en un video con imágenes femeninas y un fondo musical de Eric Lévi y subirlo al canal de youtube. Lamentablemente (y no se si por cuestión de género), al final decía: “Autor Desconocido” pero mi intuición me dictó cambiar el sujeto a femenino. Hace unos días un usuario me dejó una nota con la información que, por supuesto agradecí, y lo agregue haciendo la referencia de la mención textual:

HOLA. Te felicito por este trabajo tan hermoso. Solo te comento que la autora de este poema es JENNY LONDOÑO, una mujer ecuatoriana que ganó el premio Gabriela Mistral en Chile por este poema llamado “Reencarnaciones” (reencarnaciones). Sería bueno que al final en lugar de autora desconocida, pusieras su nombre. Honor a quien honor merece. Felicidades nuevamente”.

-Este es el video-

Reencarnaciones


Vengo desde el ayer
desde el pasado oscuro y olvidado
con las manos atadas por el tiempo
con la boca sellada desde épocas remotas

Vengo cargada de dolores antiguos,
recogidos por siglos, arrastrando
cadenas largas e indestructibles.
Vengo desde la oscuridad,
del pozo del olvido
con el silencio a cuestas,
con el miedo ancestral
que ha corroído mi alma
desde el principio de los tiempos.

Vengo de ser esclava por milenios,
esclava de maneras diferentes:
sometida al deseo de mi raptor en Persia,
esclavizada en Grecia bajo el poder romano,
convertida en vestal en las tierras de Egipto,
ofrecida a los dioses en ritos milenarios
vendida en el desierto
o canjeada como una mercancía.

Vengo de ser apedreada por adúltera
en las calles de Jerusalén
por una turba de hipócritas,
pecadores de todas las especies
que clamaban al cielo mi castigo.

He sido mutilada en muchos pueblos
para privar mi cuerpo de placeres
y convertida en animal de carga,
trabajadora y paridora de la especie.
Me han violado sin límite

en todos los rincones del planeta
sin que cuente mi edad madura o tierna
o importe mi color o mi estatura.

Debí servir ayer a los señores,
prestarme a sus deseos,
entregarme, donarme, destruirme,
olvidarme de ser una entre miles.

He sido barragana de un señor en Castilla,
esposa de un marqués
y concubina de un comerciante griego,
prostituta en Bombay y en Filipinas
y siempre ha sido igual mi tratamiento.

De unos y de otros siempre esclava
de unos y de otros dependiente,
menor de edad en todos los asuntos,
invisible en la historia más lejana
y olvidada en la historia más reciente.

Yo no tuve la luz del alfabeto.
Durante largos siglos
aboné con mis lágrimas
la tierra que debí cultivar
desde mi infancia.

He recorrido el mundo
en millares de vidas
que me han sido entregadas
una a una y he conocido
a todos los hombres del planeta.

 

Los grandes y pequeños,
los bravos y cobardes,
los viles, los honestos,
los buenos, los terribles,
mas casi todos llevan
la marca de los tiempos.

Unos manejan vidas
como amos y señores,
asfixian, aprisionan y aniquilan.

Otros dejan almas
comercian con ideas,
asustan o seducen,
manipulan y oprimen.

Unos cuentan las horas
con el rutilo del hombre
atravesado en medio de la angustia.

Otros viajan desnudos
por su propio desierto
y duermen con la muerte
en la mitad del día.

Yo los conozco a todos,
estuve cerca de unos y de otros,
sirviendo cada día,
recogiendo migajas,
bajando la cerviz a cada paso,
cumpliendo con mi karma.

He recorrido todos los caminos
he arañado paredes y ensayado silencios
tratando de cumplir con el mandato
de ser como ellos quieren
mas no lo he conseguido.

Jamás se permitió que yo escogiera
el rumbo de mi vida.
He caminado siempre en una disyuntiva
ser santa o prostituta.

 

He conocido el odio de los inquisidores
que a nombre de la santa madre iglesia
condenaron mi cuerpo a su servicio
y a las infames llamas de la hoguera.

Me han llamado de múltiples maneras:
bruja, loca, adivina, pervertida,
aliada de satán, esclava de la carne,
seductora, ninfómana,
culpable de los males de la tierra.

Pero seguí viviendo, arando,
cosechando, cosiendo,
construyendo, cocinando, tejiendo,
curando, protegiendo, pariendo,
criando, amamantando, cuidando
y sobre todo amando.

He poblado la tierra de amos y de esclavos,
de ricos y mendigos, de genios y de idiotas,
pero todos tuvieron el calor de mi vientre,
mi sangre y su alimento
y se llevaron un poco de mi vida.

Logré sobrevivir a la conquista
brutal y despiadada de Castilla
en las tierras de América
pero perdí mis dioses y mi tierra
y mi vientre parió gente mestiza
después que el amo
me tomó por la fuerza.

Y en este continente mancillado
proseguí mi existencia
cargada de dolores cotidianos,
negra y esclava en medio de la hacienda
me vi obligada a recibir al amo
cuantas veces quisiera
sin poder expresar ninguna queja.

Después fui costurera,
campesina, sirvienta, labradora,
madre de muchos hijos miserables,
vendedora ambulante, curandera,
cuidadora de niños o de ancianos,
artesana de manos prodigiosas,
tejedora, bordadora, obrera,
maestra, secretaria, enfermera,
siempre sirviendo a todos,
convertida en abeja o sementera
cumpliendo las tareas más ingratas
moldeada como cántaro por las manos ajenas.

Y un día me dolí de mis angustias
un día me cansé de mis trajines,
abandoné el desierto y el océano,
bajé de la montaña,
atravesé las selvas y confines
y convertí mi voz dulce y tranquila,
en bocina del viento
en grito universal y enloquecido.

Y convoqué a la viuda, a la casada,
a la mujer del pueblo, a la soltera,
a la madre angustiada, a la fea,
a la recién parida, a la violada,
a la triste, a la callada, a la hermosa,
a la pobre, a la afligida, a la ignorante,
a la fiel, a la engañada, a la prostituida.

 

Vinieron miles de mujeres juntas
a escuchar mis arengas,
se habló de los dolores milenarios,
de las largas cadenas
que los siglos nos cargaron a cuestas.

Y formamos con todas nuestras quejas
un caudaloso río
que empezó a recorrer el universo
ahogando la injusticia y el olvido.

El mundo se quedó paralizado
los hombres y mujeres no caminaron
se pararon las máquinas, los tornos,
los grandes edificios y las fábricas
ministerios y hoteles, talleres y oficinas,
hospitales y tiendas, hogares y cocinas.

 

Las mujeres, por fin, lo descubrimos.
¡Somos tan poderosas como ellos
y somos muchas más sobre la tierra!
¡Más que el silencio
y más que el sufrimiento!
¡Más que la infamia
y más que la miseria!

Que este canto resuene
en las lejanas tierras de Indochina
en las arenas cálidas del África,
en Alaska y América Latina,
llamando a la igualdad entre los géneros
a construir un mundo solidario
–distinto, horizontal, sin poderíos-
a conjugar ternura, paz y vida,
a beber de la ciencia sin distingos,
a derrotar el odio y los prejuicios,
el poder de unos pocos,
las mezquinas fronteras,
a amasar con las manos de ambos sexos
el pan de la existencia.

-Jenny Londoño-

Los principales factores negativos que han afectado a la vida de las mujeres en el mundo, como son: la pobreza, la violencia, la injusticia, la inseguridad, la deshonestidad, la desintegración familiar, la soledad, la depresión y la angustia, son  solamente algunos de los síntomas de una civilización con necesidad de un nuevo rumbo, promoviendo un modelo de mujer que, respetando su propia dignidad, luche y trabaje hombro a hombro al lado del hombre, quizá o no como su complemento, pero  ejerciendo y practicando libremente la solidaridad, el respeto y el amor como seres que compartimos el mundo, que si hubiera otro, ya nos hubiésemos mudado como quienes duermen en camas separadas.

La historia de los Derechos Humanos de las mujeres es muy reciente, hasta principios del Siglo XX las mujeres comenzaron a salir de lo privado y a aparecer en la vida pública pero, en este escenario, tal parece que el hombre ve a la mujer esencialmente como objeto de sus conmovedores discursos proselitistas en vísperas de elección y el clásico “Si te veo mañana, ni me acuerdo”. La contempla con una mirada desde fuera que, al igual que sucede con la madre naturaleza, es una mirada colonizadora.

En conclusión, se sabe ya que existieron grandes mujeres que fueron perseguidas y sacrificadas en nombre de Dios y las leyes de los hombres. Por fortuna muchas otras lograron sobrevivir habiendo dejado una huella imborrable de su trajín en la historia universal; verdaderas resistentes, pioneras en la lucha por hacer el planeta más equitativo y habitable que gracias a ellas no solo estamos aprendiendo a liberarnos de esas injustas cadenas del pasado, sino a cultivar lo que necesitamos para desarrollarnos individualmente en cualquier ámbito con libertad, dignidad, equidad y la firme convicción de que dejaremos un mundo mejor que el que encontramos al nacer, pero el camino es largo, la utopía sigue en el horizonte, y sólo en algunas zonas del planeta y en algunos colectivos sociales existen hombres capaces de notar la diferencia y equipararnos con la realidad:

A las mujeres hay que vernos de los genitales hacia dentro, no hacia fuera.

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About the Author

Erase una vez una mujer en un mundo donde las noches eran largas y los días cortos para contar su propia historia. Los cincuenta años son como la última hora de la tarde, cuando el sol se ha puesto y me invita a la reflexión, sin embargo un crepúsculo me induce a creer, a pecar, a sonreír y tal vez por eso reflexiono con la luz de mis sentidos, con el aroma de las flores y el roció de los demás. Erase una vez una mujer que devoraba libros para regalar palabras. Eso es lo que soy, una poesía que se inspira cada día para arrullar las estrellas y suspirar con la luna”. TWITTER: @Nina_Ramon