La Soledad: un fenómeno que se agudiza en el tercer milenio

La Soledad: un fenómeno que se agudiza en el tercer milenio

“El Infierno está todo en esta palabra: Soledad”

–Victor Hugo-

La investigadora norteamericana Barbara Dafoe Whitehead, autora del libro “¿Por qué no quedan buenos hombres?” es del criterio de que las mujeres de hoy, a pesar de manejar muy bien la mayoría de los aspectos de su vida profesional, no saben cómo escoger al hombre con quien compartirán sus vidas. Añade que no pretende una vuelta a los tiempos prefeministas, sino que desea entender porque las estadounidenses –en su caso- tienen tantas dificultades para encontrar pareja, fenómeno que según ella es semejante al que ocurre en otros continentes, Europa occidental por ejemplo.

“El problema es que cuando estas mujeres están empezando los treinta y quieren establecerse, los hombres deseables, a los que tenían acceso en la etapa universitaria, han desaparecido, -comentó en una entrevista de una cadena televisiva-.

Aquí la interrogante ¿Cuál es el problema entonces?, ¿No saben seleccionar a la pareja o esperaron demasiado tiempo? Bueno, a grandes rasgos se refiere a la independencia. Además tanto la autoestima como la solvencia económica juegan un papel importante al igual que la superación profesional. Sobre éste último, la competitividad obliga a alcanzar maestrías, doctorados para luchar con éxito en el mundo laboral y continuar el papel protagónico en la sociedad actual. No se trata de que las mujeres no sepan escoger su pareja, sino de que las instruidas, con mayor desarrollo educacional, cultural y profesional poseen un nivel de expectativas y exigencias altas. Ya no viene bien cualquier hombre, solo por que sea bueno, honrado y trabajador; tiene que ser alguien que reúna los requisitos también en lo profesional y cultural, amén de que muchas mujeres no aceptan ya que arrastre vicios como fumar, beber o jugar, entre otros.

Por ejemplo; las mujeres de China que se están independizando de sus familias para ir a vivir solas. Como opción retrasan el matrimonio, o prefieren vivir en soltería, fenómeno que se da especialmente entre las denominadas de “cuello blanco”, aquellas dedicadas a los negocios. Un porcentaje de ellas apunta que a pesar de desear una pareja sentimental para compartir la vida, no es fácil encontrar un amor de su mismo nivel intelectual o estilo de vida. El asunto se vuelve más complejo porque –según los sociólogos chinos- no solo atañe a las mujeres, sino a los hombres también ya que siguen prefiriendo no casarse con mujeres que poseen mayor educación, estatus social o mejor sueldo, aunque a ellas estos factores no les signifiquen un impedimento.

En estos tiempos, la soltería es una forma de pensar diametralmente opuesta a aquella percepción que encierra el concepto de “solterona”. La soltera de hoy, culta y profesionalmente capaz, nada tiene que ver con aquella otra mujer, cuya aspiración máxima era lograr un matrimonio (mientras más ventajoso mejor) concentrado su vida a ese “consorcio” a toda costa, ya que “quedarse para vestir santos” significaba una ofensa que mancillaba el honor y marcaba definitivamente el camino porque eso fue lo que le enseñaron desde niña.

Afortunadamente los años que corren enmiendan los errores del pasado, injusticias de genero; ser solterón nunca ha sido tan grave comparado a la mujer (últimamente si nos atrevemos a dudar).  Una serie de cambios de mentalidad se están produciendo en las mujeres profesionales. Solteras muchas de ellas, después de los treinta, no se ven a si mismas como solteronas porque realmente no lo son, ya que este término peyorativo encierra una concepción de la vida bien estrecha en cuanto a que las solteronas centran la suprema aspiración femenina en el matrimonio y la maternidad, aunque hay sus excepciones.

Incluso, entre las mujeres con pareja sentimental, existe una tendencia a ser independientes dentro de la propia unión amorosa, respetar la necesidad de soledad de cada uno, a darse tiempo, a contraer un compromiso… sin compromiso. También hay otro estilo que es la de compartir determinados espacios limitados. Nada que signifique estabilidad cotidiana, vivir juntos y compartirlo todo, un “vernos cuando queramos”, donde ambos suponen una libertad consciente y respetada. Esta condición de asumir la existencia me parece que, por lo menos en México, aún no estamos lo suficientemente preparados, por mucho que se diga –o haga- lo contrario. Sin embargo, hay otro fenómeno; la mujer que se siente sola a pesar de estar casada porque bien sabemos que un mal matrimonio puede fomentar la peor de las soledades ya que, el tener marido o esposa por varios años, no garantiza compañía, compañerismo ni comunicación.

La soledad va quedando como pandemia universal. Cada vez es más común ver a mujeres y hombres solos, sobre todo después de la quinta década. Ya sea por viudez, alejamiento voluntario o divorcio. Lo cierto es que en la soledad las mujeres llevamos las de perder ya que un hombre de 50 años puede resolver con una compañía femenina, sin grandes contratiempos ni criticas, hasta 20 años menor que él, opción que no tenemos nosotras debido a que, desde lo cultural y social, desde el mito y la historia, nos han signado –y habituado- a que el hombre sea mayor en edad que la mujer.

Por fortuna, últimamente un buen número de “osadas”, que ni pensar constituye una tendencia, se atreven a invertir estos papeles dando lugar a calificativos poco edificantes y, lo más triste, entre el mismo género. No obstante, estas transgresoras se echan a cuestas todo tipo de comentarios viperinos y deciden vivir su vida encarando los murmullos y ataques como si la sociedad tuviera una posición moral intachable para juzgar. ¡Un aplauso para ellas que hacen lo que quieren!

Unida a estas verdades, existe otra tan cierta en el otro extremo: La existencia en compañía tiene sentido porque el ser humano ante todo es un ser social. Y cuando no median intereses de ningún tipo, la compañía adquiere una connotación muy particular. Cualquier persona aprecia sobremanera la posibilidad de sentirse amada, sencillamente por lo que es, no por lo que hace, dicen, los bienes que posee ni otros beneficios. Basta la voluntad y el deseo. La garantía consiste en  darle la espalda a la sombra y volver el rostro a la luz, siempre a la luz. He aquí la señal del optimismo y dos premisas básicas: la autoestima y la asertividad. Después de todo, una mujer con una autoestima alta tiene más tolerancia a las frustraciones, más capacidad para reflexionar y sabe que tiene derecho a reclamar sus derechos y a luchar por lo que quiere, sola o acompañada.

Me despido con esta realidad que vale la pena insistir en ella: La soledad muere cuando nace el amor. Nada llena más el corazón del ser humano que descubrir que por ti -o por mi- alguien se preocupa y disfruta la compañía, ya sea una pareja, ya sea un familiar, ya sea un amigo.

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About the Author

Erase una vez una mujer en un mundo donde las noches eran largas y los días cortos para contar su propia historia. Los cincuenta años son como la última hora de la tarde, cuando el sol se ha puesto y me invita a la reflexión, sin embargo un crepúsculo me induce a creer, a pecar, a sonreír y tal vez por eso reflexiono con la luz de mis sentidos, con el aroma de las flores y el roció de los demás. Erase una vez una mujer que devoraba libros para regalar palabras. Eso es lo que soy, una poesía que se inspira cada día para arrullar las estrellas y suspirar con la luna”. TWITTER: @Nina_Ramon