Laura

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Laura hoy salió muy temprano de su casa a buscar trabajo. Cuando salía del pequeño cuarto que le prestó Rosa, su única amiga, el reloj marcaba apenas diez para las 5 am. A las 5 de la mañana las calles todavía están muy oscuras, sin emb

argo ya se encuentran transitadas por personas que, presurosas por llegar a sus trabajos fijan su atención en esquivar a la demás gente, sortear los obstáculos de las maltrechas banquetas y estar lejos del alcance de los autos y sus inconscientes conductores que pasan a toda velocidad.

El trayecto desde su pequeño cuarto hasta la parada del camión es largo y tortuoso. Lo más peligroso del camino es cruzar la avenida Alfonso Heredia que es de doble circulación y que aunque tiene un semáforo para el paso peatonal, como bien podemos imaginarnos nunca es respetado por los automovilistas.

Laura llega por fin a la esquina donde algunas otras personas se encuentran esperando a que algún automovilista disminuya un poco la velocidad, para de esta manera poder correr con todas sus fuerzas y alcanzar el otro lado de la avenida.

Lo único que puede ver son las luces deslumbrantes de los coches que circulan a escasos centímetros de la gente que ahí espera… Por fin, Laura se decide a cruzar pues los minutos que ha estado esperando le parecen años. Justo cuando se preparaba para emprender la corrida, escuchó la voz de un joven que estaba a su lado y que había notado su nerviosismo:

- Mejor espérate, ahorita pasamos todos juntos…

- Bueno, si… muchas gracias.

Instantes después, el grupo de unas 10 personas y Laura junto con ellas consiguen parar el tráfico y finalmente pasar, no sin antes llevarse un par de mentadas de madre y unos cuantos claxonazos. Ya del otro lado, Laura vuelve a agradecerle al joven y se decide a enfrentar el reto siguiente: conseguir un lugar dentro del próximo camión.

La gente empieza a correr y los empujones son el único medio para poder hacerse de un lugar cerca de la acera y así tener más posibilidades de conseguir un asiento en el primer camión que llegue medio vacío. Después de varios intentos, Laura por fin consigue subir a uno.

- ¿Cuántos y a dónde?, preguntó el chofer sin siquiera levantar la mirada.

- Sólo uno hasta el metro señor.

- Son 16 pesos.

Cuando el chofer del camión voltea para recibir el dinero, se da cuenta de que Laura está embarazada. El evidente embarazo de Laura toca alguna fibra sensible dentro de la humanidad del chofer y después de pensarlo un instante le dice:

- Si quiere siéntese aquí adelante señora…

Con singular habilidad el camionero quita una pequeña cadena que evita que la gente ocupe los asientos de hasta adelante.

- Muchas gracias señor, dice Laura.

Ya un poco más cómoda, Laura se relaja… se recarga en el asiento y abre un poco la ventana para que le de el aire.

El camión comienza a moverse lenta y aparatosamente, pues el exceso de personas que lo han abordado le impide al chofer ver a través de los espejos.

- Ahí nomás me avisa si paso joven… dice el chofer al último joven que abordó y va literalmente “colgado” de la puerta.

 

El trayecto desde la parada del camión hasta el metro le tomará un poco más de una hora y media y dadas las circunstancias, es un buen tiempo para pensar…

Mientras Laura observaba por la ventana, trataba de encontrar una salida a su situación.

- ¿Qué voy hacer… qué voy hacer?, se preguntaba mientras sumaba mentalmente una y otra vez el dinero con el que contaba… cada una de las veces el resultado eran los 43 pesos que llevaba en la bolsa.

Con la mirada perdida y desolada, la voz de una pequeña niña que le hablaba a su mamá la distrajo de su introspección.

- Mira mami ahí me puedo sentar.

Todavía absorta en sus pensamientos, Laura volteó y vio a la niña señalando el lugar que estaba a un lado de ella.

- Pregúntale a la señora si te puedes sentar Mariana.

Laura sin decir nada se arrimó un poco más a la ventana para dejarle un espacio a la niña

- Gracias señora, le dijo Mariana a Laura.

Laura solo la vio sin decir palabra, solamente esbozó una leve sonrisa.

La niña traía una bolsita con galletas y con cara alegre le invito una a Laura

- ¿Quieres una?, le preguntó Mariana a Laura, acercándole la galleta con su pequeña mano.

Laura la aceptó, un poco apenada y enternecida a la vez y le dio las gracias a la niña.

- ¿Y cómo le vas a poner a tu bebe?, preguntó Mariana.

Laura, se sorprendió por la pregunta y en un gesto de protección puso su mano en el voluminoso vientre que delataba su embarazo.

- ¡No molestes a la Señora, Mariana…!, discúlpela por favor… le dijo la mamá de Mariana a Laura.

Casi instintivamente, Laura fijó de nueva cuenta su vista hacia la ventana y como un balde de agua fría regresó la avalancha de preocupaciones.

Viendo hacia la calle, Laura trató de olvidar lo ocurrido y no pensar más en eso.

Hasta llegar a la terminal del metro Laura no se atrevió a voltear a ver a Mariana. Al llegar esperó a que la niña y su mamá avanzarán para evitar las incómodas miradas y preguntas de la niña sobre su embarazo. Una vez sintiéndose a salvo Laura se apresuró a llegar a los andenes del metro, parecía querer confundirse con la muchedumbre… como si huyera de todas las personas a la vez. En ese momento, más que nunca deseó poder ser invisible…

Abordó el metro y después de un par de estaciones, Laura llegó a su destino. Bajó del metro y se dirigió a la salida, donde los primeros rayos del sol ya asomaban. Laura se sintió abrazada por esa primera luz matutina… le transmitía tranquilidad y esperanza… un pequeño momento de tranquilidad entre todo el caos de sus pensamientos.

Caminó 6 cuadras hasta llegar a la calle donde se encontraba la fábrica que su amiga le había recomendado para buscar trabajo. Frente a ella observó una fila de personas que le daba la vuelta a la cuadra.

- Disculpe… ¿esta fila para qué es?, preguntó Laura a una señora que estaba formada.

- Es para que pedir trabajo en la papelera… ¿Tu también vienes a eso?, le preguntó.

- Estee… si… gracias.

Resignada a pasar medio día parada, Laura se formó. Delante de ella había un par de muchachas que platicaban de la fiesta del sábado pasado. Laura las escuchaba y dentro de su corazón deseaba ser una de ellas…

Después de media hora la fila al fin comenzó a avanzar, mientras el nerviosismo y la angustia de Laura iban creciendo. La fila avanzaba despacio cuando una de las muchachas apenas de reojo vio a Laura y sin poder evitarlo, se volteo hacia Laura y le dijo:

- Estás embarazada?

Laura asustada por verse nuevamente descubierta, contestó

- N…n-no.

- Oye… no es mala onda, pero… si estás embarazada no te van a dar trabajo, si lo sabes ¿verdad?

- No, no estoy embarazada… y agachó la mirada.

Las muchachas susurraron entre ellas un par de cosas y se voltearon. Laura quería salir corriendo de ahí, pero le urgía conseguir trabajo así que se trago su vergüenza y siguió en la fila.

Después de unos 40 min. por fin llegó el turno de Laura. Desde que sintió la penetrante mirada de la secretaria, se dio cuenta de que no le darían el trabajo…

Aún así no renunció.

- Cuando salga la que están entrevistando ya puedes pasar… le dijo la secretaria.

- Si… gracias, contestó Laura tímidamente.

- ¡Siguienteeee…!, se escuchó dentro de la oficina de recursos humanos.

Era su turno.

Laura ya casi no podía controlar sus nervios, pero hizo un esfuerzo enorme y se concentró… “Por favor… que me den el trabajo… por favor…” pensaba para sí misma…

Apenas si se había sentado en la silla de plástico cuando la señorita de recursos humanos le preguntó.

- ¿Estás embarazada?

- No… contesto Laura.

- Lo siento pero no aceptamos a mujeres embarazadas.

- ¡Pero no estoy embarazada…!

- Lo siento. ¡Siguienteeeeeee..!

Laura sintió que se moría. Todo parecía darle vueltas…

- ¿Estás bien… o necesitas que te acompañen a la salida…?, pregunto la señorita de recursos humanos.

-¿Eh…?, esteee… no… ya me voy…

Salió de la pequeña oficina y se quedo un unos minutos parada decidiendo para qué lado caminar. Al verla extraviada y sin saber a dónde ir, las muchachas que habían estado adelante de Lupita en la fila se le acercaron y le dijeron:

- Oye… si buscas trabajo puedes ir pa´la zona bonita, que está pasando aquella avenida. Ahí siempre andan buscando quién les ayude con el quehacer… igual y consigues algo.

- ¿Para dónde?

- Mira… te vas por esta calle hasta aquel semáforo y das vuelta a la izquierda, caminas unas dos cuadras y ahí ya se ven las casas bonitas.

- Por allá ¿verdad?, gracias…

Cansada por el peso extra de su embarazo y con mucha hambre, Laura comenzó a tocar casa por casa buscando trabajo. Después de un par de cuadras sin conseguir nada, al fin una señora le abrió.

- Señora, buenos días… ando buscando trabajo. ¿necesita que le lave o le barra?

La señora un tanto desconfiada pero necesitada de ayuda, acepto que barriera y lavara el patio y un par de carros en la cochera.

Cuando Laura por fin había terminado ya casi eran las 6 de la tarde; aún no había comido nada y el dolor en los pies la estaban matando. Cuando la dueña de la casa termino de cerciorarse de que Laura había cumplido con el trabajo, le ofreció un vaso de coca-cola, le regaló una manzana y le dio 80 pesos. A Laura la coca-cola le supo a gloria, aceptó la manzana, tomo su dinero y le preguntó a la señora si tenía algún trabajo para el día siguiente. La señora se quedó pensando un momento y le dijo:

- Bueno… si, vente mañana para que me laves las ventanas.

- Si señora… ¿a qué hora quiere que llegue?

- A las 9 de la mañana está bien.

- Si señora, aquí llego yo mañana… ¡Gracias señora… muchas gracias!

Laura se alejo de aquella casa un tanto aliviada y comiendo su manzana. Caminó hasta el metro y aunque no consiguió asiento y nadie a su alrededor le ofreció un lugar, Laura estaba contenta… así que el dolor de pies no le importó.

Después de tomar el camión y cruzar la avenida mortal, caminaba deseando llegar a su pequeña cama para descansar. Para la suerte de Laura, antes de llegar a la casa se encontró con un carrito donde vendían tamales. Laura con un grito casi desesperado le pidió que le vendiera un tamal verde y un atole de chocolate.

Con la cena en las manos, ya sólo faltaba llegar a su pequeño cuarto. Cuando abrió la puerta se encontró con Rosa, quien la recibió un tanto seria…

- Hola Laura… ¿cómo te fue?

- Hola Rosa, bien… conseguí un trabajito en una casa y la señora quiere que regrese mañana.

- Qué bueno… me da gusto por ti.

- ¿Qué pasa, Rosa?

- Mira Laura, mi mamá dice que necesita dinero y que va a rentar el cuarto donde tu estás.

- No, por favor… dile que me deje quedar otra semana, y le pago algo de lo saque… ¡tu sabes que no tengo a donde ir!

- Perdón Laura… en serio perdón, pero cuando regresé de la escuela mi mamá ya lo había rentado… yo ya no pude hacer nada.

- ¿Y cuando quiere que me salga?

- Pues hoy mismo…

- ¡Hoy…! y dónde voy a dormir Rosa… ¡por favor déjame quedar hoy, ya mañana ya veré..!

- Perdóname de veras, pero mi mama ya hasta sacó tus cosas… mira… aquí están.

A Laura se le desdibujó el rostro. Con lágrimas en los ojos le pidió a Rosa que al menos la dejara sentarse un rato para comerse su tamal y su atole.

- Si, pero nada más que termines te vas… en serio que mi mama ya no quiere verte aquí… perdóname Laura, pero si no te vas me va a ir peor a mí…

- Si, Rosa… te entiendo.

Con la desgracia nuevamente a cuestas, Laura se sentó en una banquita del patio a comer el tamal y el atole más amargos de toda su vida.

Sin saber cómo le iba a hacer, al terminar su cena tomó la bolsa con sus cosas y se salió sin despedirse de Rosa, a quién no volvería a ver. Caminó media cuadra y se sentó en la banqueta. Se quedo ahí un par de horas viendo la noche y sintiendo el frió… después de secarse las lágrimas se levantó y camino hacia la avenida sin un rumbo fijo… perdiéndose en la noche.

Nadie supo qué le ocurrió a Laura por los siguientes dos años… pero hoy, Laura se encuentra frente a un espejo y nuevamente está llorando… sin embargo la Laura de hoy ya no es la misma que conoció Rosa.

“Ya deja de llorar… ¿qué no has entendido que aquí hay que chingarse…?, solo te tienes a ti y nada más… ¡No puedes andar con tus pendejadas otra vez…!”, se recriminaba ella misma su debilidad; mientras, en el salón de abajo se podía escuchar:

- Yadira… ¿y dónde anda la Laura?, dile que no se haga pendeja y que se baje a atender a los clientes…

- ¡Ay, ya ves cómo es…!, otra vez está llorando en el baño, mana… y es que no te había dicho, pero ayer cuando fuimos al mercado, ahí estaba su familia, ahí andaban sus hermanos y sus papás… y hasta yo sentí re-gacho cuando su mamá la vio… se volteó y se siguió para otro lado. Pero lo que estuvo más feo, fue cuando vio a su papá… ¡hasta blanca se puso…! y que su papá le grita: ¿Laura…?, nooo, hubieras visto la cara de la Laura… apenas lo escuchó y se hecho a correr, otro poco y me la atropellan…

- ¿Pues qué… su papa le pegaba?

- ¡Noo…!, ¿qué no sabes que el chamaco que perdió era de él…?

Apenas hubo terminado la última frase Yadira, cuando se escucho la voz de Laura:

- Ya estoy aquí Yadira… lista para trabajar…

 

La violencia de género en México tiene muchas caras y por desgracia la historia de Laura tiene muchos nombres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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About the Author

Aprendiz de escritora, amante de la ciencia, poco ortodoxa y las más geek de todas las mujeres fresas. Mi Pasión: La Bioquímica. TWITTER: @Alislive