Este testimonio que transformé en cuento es un reflejo de la realidad social. La ‘extorsión’ es una práctica que acontece diariamente y cambia radicalmente nuestras expectativas, para bien o para mal, con algo tan simple como contestar una llamada telefónica.
Sofía cuenta lo que sucedió una tarde de Abril en compañía de su pequeña hija:
“Mientras la pequeña jugueteaba en mi regazo, un sonido interrumpe nuestra charla. Era el teléfono.
Al contestar, un hombre abrió la conversación en tono abrupto: ¡A dónde hablo!
Un tanto extrañada, supuse que se había equivocado, y asi se lo hice saber, pero el tipo con un comportamiento antisocial insistió, y por si fuera poco, aportó datos verídicos sobre la ubicación y quienes nos encontrábamos en la casa.
A partir de ese momento la llamada se vuelve un conflicto que rebasa cualquier intento de cordialidad.
En segundos, pasé de la serenidad a la incertidumbre, y acabé convenciéndome que estaba siendo víctima de una extorsión.
El reloj pareció detenerse en ese momento y los efectos del acoso no tardaron en aparecer. Empecé a sudar frío y mis manos a temblar.
¿Qué hago? -repito constantemente-
“Si me cuelgas activarás el código rojo” –dijo amenazante la voz-
No había escapatoria. Comprobé que estábamos a merced de unos desalmados que vigilaban desde afuera nuestros movimientos. Un juego perverso maquinado, no por uno, sino por varias mentes sanguinarias capaces de convertir las pesadillas en una realidad.
¡Con qué facilidad juegan con la mente humana! No es desconocida esta práctica. Sin embargo, mi cerebro se bloqueó. El proceso es desgastante y la presencia de la pequeña me hace titubear.
Lo peor vino después. Un derrumbe emocional a cambio de dinero.
¡Si!, ¿pero cuánto?… ¡Cuánto! – pregunté-.
Sin otro recurso mas que el de negociar con la vida, me dispuse a seguir sus indicaciones al pie de la letra. El sitio donde debía realizar la transacción quedaba cerca.
Una vez confirmada la operación, el tipo colgó después de ciento veintidós minutos y los vigilantes desaparecieron al instante dejando un amargo sabor de boca.
A partir de ese momento, el reloj continuó su curso y con ello la vida intentando digerir la historia.”
No puedo precisar tiempo pero, desde hace años, miles de personas reciben llamadas en las cuales se les intimida con la supuesta vigilancia de que son objeto, proporcionando datos preponderantes de su identidad por parte de estos delincuentes. Sin embargo, se nos recomienda –constantemente- no caer en pánico y colgar de inmediato cuando no hay señas físicas con él o los agresores.
Pero, ¿qué pasa cuando si hay muestras visibles? A diferencia de las llamadas por intento de fraude, en las de “derecho de piso”, sí se presentan los extorsionadores ante sus víctimas y sí existe un alto riesgo para las mismas.
La delincuencia organizada no hace llamadas de advertencia, se presentan hasta su hogar o negocio y le hacen saber quienes son, y cuánto es lo que pretenden. Pagar una extorsión de este tipo no garantiza la seguridad, por el contrario, somete a la víctima a una explotación constante e incrementa el riesgo a sufrir daño físico, psicológico y patrimonial a corto, mediano o largo plazo.
¿Qué ocurre si se niegan a pagar? Si estos no se reportan, acuden para darles el famoso “levantón”, el resto es historia por demás conocida que exhiben como castigo a la sociedad insurrecta. Unos pagan por miedo. Otros hablan por sí mismos para pagar cuando reúnen lo pactado, incluso, la cabeza de alguien como parte del convenio. Lo usual, cuando no obtienen el usufructo, no se vuelve a ver al familiar. Estos casos deben tratarse con pinzas, literalmente. Se trata de un concepto para algunos sustancialmente distinto, para otros de terrorismo.
Se entiende por Terrorismo a una amplia gama de acciones delictivas, cuya característica es el empleo de medios violentos contra individuos, comunidades y entidades, determinados o no, cuyo objeto es atemorizar, lesionar o eliminar físicamente al adversario político, social, racial, religioso o perteneciente a una nacionalidad considerada enemiga.
Aunque a veces el terrorismo puede ser un medio utilizado con finalidad subversiva, ello no debe conducir a confundirnos. Conforme a la definición del diccionario, subversión es la acción de trastornar, revolver, destruir, en particular con referencia al orden público.
Cualquiera que sea; terrorismo, subversión o ambas implica el desprecio de derechos fundamentales de la persona humana, y es repugnante a la conciencia civilizada, la diferencia –creo- radica en la pena y en el nivel de corrupción. El gobierno sabe ante quien se está enfrentado, los tiene plenamente identificados. Los delitos en que incurren estos grupos criminales se encuentran todos tipificados en el Código Penal. El ajustarse a Derecho es el factor, el único factor que permite distinguir al Estado del delincuente a quien persigue, quizá de ahí la justificable “guerra contra el narcotráfico”.
La delincuencia organizada está mermando, estrangulando a comerciantes establecidos y ambulantes, a empresas, hogares y, su nueva modalidad, las escuelas ante la nula actuación de los representantes del gobierno, por ende, los montos que los ciudadanos debemos pagar es un absurdo nuevo “impuesto” que garantice paz social.
Una paz que me lleva al pensamiento sobre aquel dicho africano que dice “la mano que da siempre está arriba y la que recibe, abajo”. Le invito a la reflexión profunda, quizá esta frase nos inyecte valor.
Este es el México que hemos transformado, el que demanda el pago por “derecho de piso”. Finalmente, el suelo que pisamos se ha convertido en una fábrica de enemigos, y lo hace a través del miedo. Como dijo Eduardo Galeano “La democracia tiene miedo a recordar, las armas tienen miedo a la falta de guerra y los hombres tienen miedo a la mujer sin miedo”.
