Ayer me llamó, como tantas veces, mientras caminaba de regreso. Esas calles no nos son extrañas, aunque ya poco pasemos por ahí. Venía de buscar a su amigo, cosa de trabajo. Se le hizo fácil caminar y tomar el atajo que siempre usamos para llegar más rápido a la que fue mi casa.
Recién nos habíamos saludado y empezábamos a charlar, iba a explicarme lo de ese negocio, cuando la comunicación se interrumpió: me quedé con el auricular en altavoz, tratando de capturar mejor los sonidos que emitía la bocina… pasos que corren. Voces que no son la suya. Improperios. Respiración agitada. Radiotransmisores indicando la posición de alguna unidad.
Pensé que era la policía, que estaba en medio de alguna situación que implicara peligro para su integridad física y le dejara una huella, un recuerdo que trastocaría su sentido de seguridad.
No me equivoqué
Eran 3, jóvenes todos, rondando la veintena de años. Uno de ellos corrió hacia Él, lo golpeó con el codo en la quijada para desequilibrarlo. Rodeó con el brazo su cuello para inmovilizarle y, a la par, usaba la mano que le quedaba libre para empuñar el arma (que cortó parte del brazo derecho de mi Él) en contra de su abdomen. Amenazas, instrucciones… Le quitaron teléfono, cartera, credencial de elector y la sensación de seguridad en el libre andar diario.
Llegó a casa, golpeado, sangrante, lastimado. Su ropa aún conserva algunas gotas que vertió su cuerpo cuando la hoja del arma le hiciera la herida. La descripción de arriba la supe hasta que lo vi y hablé con él; mientras tanto, yo en casa. Quise no pensar que su seguridad estaría en riesgo; es hombre de paz, su rostro no refleja malicia ni perversidad. Probablemente fue eso: lo vieron de espaldas, distraído, con el teléfono en la oreja, y solo.
No he podido apartar la escena de mi mente, no puedo dejar de imaginar sus palpitaciones aceleradas por la adrenalina y el miedo de que pudieran haberle infringido mayores daños; no puedo dejar de mirar su rostro, buscando que cada rincón de él esté bien. Apenas estuve a su lado lo abracé, y ese nudo que llevaba en el estómago pudo relajarse un poco. Sé que sus heridas llevarán el proceso natural de cicatrización y que él estará bien.
Apenas ayer me preguntaba quién querrá o podrá gobernar nuestro país, si la violencia ha golpeado y seguirá golpeando a aquellos que no cooperan con quienes parecen tener el “verdadero” poder: ésos que tienen armas y las usan en contra de los que no tenemos; ésos que se sienten valientes por la relativa facilidad que hay en cortar la vida de alguien con un movimiento de dedos; aquéllos que, teniendo oportunidad de hacer una vida decente, empuñan navajas en los abdómenes de extraños esperando un botín o dinero rápido.
Ayer decía que necesitamos, sí, una revolución. Pero no una de armas, sino intelectual. No hay ni habrá manera de reformar el pensamiento del mexicano, evitar la corrupción y parar la violencia –desde su forma más primitiva a la más sutil-, que a través de la educación y el desarrollo económico. Hoy lo reafirmo.
Hoy no puedo describir siquiera la angustia que viví sabiendo que Él podía estar peligrando, ignorando su situación real o la gravedad de ella… No puedo explicar la opresión que sentí en el pecho cuando escuché una voz que no era la suya al marcar el número de siempre; ni la ira que enfebreció mi cerebro una vez que confirmé que lo habían robado.
Esto fue un acto menor, obra de vándalos sin mayores habilidades que correr rápido un par de cuadras, apersogar a un inocente tomándolo por la espalda y amenazar con dañarlo físicamente si llegara a quejarse por la injusta e impune situación que en ese momento vivía.
Si este asalto, que robó físicamente una parte de mis memorias con Él, nos empieza a dejar secuelas de miedo y ha elevado la sensación de vulnerabilidad y carencia de seguridad pública, ¿qué se supone que sienten o cómo se supone que viven los matrimonios cuyas parejas pertenecen a algún miembro de la policía y saben que en cualquier momento pueden ‘desaparecer’ sin dejar mayor rastro? O aquellos que permanecen en casa, esperando el regreso de aquél que salió por la mañana y no han visto regresar desde hace meses (y cuya mayor certeza es la de que fueron ‘levantados’ por algún comando armado).
¿Cómo podremos sanear nuestro entorno de la podredumbre que genera, provoca y fomenta la violencia entre nosotros mismos? Esos ladronzuelos caminan impunemente por las mismas calles que yo, hoy; no tengo certeza de que recibirán el castigo que merecen (vía policial), pero sí tengo confianza en que la vida terminará cobrándoles la angustia, miedo, último respiro y todas las demás sensaciones que hayan generado en otros; más que en la justicia del hombre (que parece ser inexistente en México), creo en la justicia del efecto búmeran: lo que haces, se te habrá de regresar.
Últimos cuestionamientos
¿Cuántos hemos pasado por una situación similar a esta que relato? Algunos habrán tenido “suerte”, al sólo darse cuenta de que el dinero o la cartera ya no estaban, pero otros sufren lo indecible –como el fallecido alcalde de Santiago, y muchos más que no tienen un nombre reconocido y que también han muerto- siendo presas de miedo, provocado de manera física y/o psicológica.
¿Cuál sería la estrategia adecuada, pertinente, merecedora de un debate completo que sirva para implementar una ley en cuyos frutos se saboree justicia para que haya paz?
Mi mejor idea, mi mejor pensamiento y análisis van dirigidos a una palabra: Educar.
Me alivia que tu cuerpo cicatrice y se cure con prontitud; mi vida, sin tu vida… no.
